Pasión en Pampanga

La escenificación del ritual de la Pasión y Muerte de Cristo que se celebra en la provincia filipina de Pampanga, muy particularmente el día de Viernes Santo a las afueras del barrio de San Pedro Cutud, en la Ciudad de San Fernando, capital de la provincia, no agrada a la Conferencia Episcopal de Filipinas pero lo tolera: «son interpretaciones erróneas, es preferible donar sangre en un puesto de la Cruz Roja».

Esta suerte de turismo religioso, o lo que va de un programa de religiosidad popular a otro de mercadotecnia turística, en el único país católico de la inmensa Asia (las misas celebradas en tagalo siguen pronunciado el nombre de dios en español) ya no se concibe hoy sin flagelantes ni crucificados: agitar elaboradas palmas el Domingo de Ramos, recorrer las sietes iglesias con sus sagrarios abiertos en la noche de Jueves Santo o acudir a viacrucis y procesiones —sean de santos o de pecadores— resulta insuficiente, o lo es en grado insuficiente como para atraer a más de medio centenar de miles de visitantes un fin de semana a estos parajes de aldeas arroceras.

Durante la década de 1970 la Pasión en Pampanga pasó de ser un fenómeno local a nacional, comenzó a televisase y diez años después a saltar internacionalmente y despegar…

La Pampanga

La Pampanga (el primero de los territorios del lejano archipiélago tomado por los españoles en el siglo XVI), en la región central de la isla de Luzón, expedita hoy desde Manila por la gran autopista de peaje E1 a unos setenta kilómetros en dirección norte, aparte de exhibir el título de capital culinaria del país —poco aprovechado—, celebra desde mediados del siglo XX su particular duelo de un calvario extremo con crucifixiones en carne viva. Vecinos figurantes interpretando a patricios y hudyos, centuriones y sayones romanos, con cascos de metal, túnicas de color rojo vivo y en chanclas de plástico, todos actores cruciales en la muerte de Jesús de Nazaret, logran una muy particular recreación filipina del Cenáculo a la Crucifixión que cabalga, con fervor, de los Monty Python a Mel Gibson.

El caballo de la Pasión de Pampanga

Del Sinakulo al Kalbaryo

Si a la curia filipina le desagrada la Pasión en Pampanga y esquiva, la municipalidad y autoridades públicas, en cambio, lo aplauden, ven en ello «una fuente pura de solidaridad y fortaleza para la comunidad». Desde su web oficial se manifiestan por sí o a través de sitios web interpuestos para ofrecer itinerarios programados a visitantes de iguales convicciones o a medios de comunicación por separado.

Hay que recordar que todo empieza cuando un aficionado al teatro y escritor local, Ricardo Navarro, promocionado por la propia Oficina de Turismo de la Ciudad de San Fernando de Pampanga, escribe en 1959 una obra en tagalo, denso remedo de auto sacramental, sobre el que se construirá todo. Inesperadamente, a la representación, que se prolonga por espacio de dos horas de drama y liturgia, se incorporará a partir de 1961 la primera crucifixión en vivo cuando un curandero o brujo, Arsenio Añosa, se hizo crucificar a sí mismo en un arrebato inquietante, que además tuvo continuidad… aunque sin olvidar un laberinto de antecedentes.

Murallas de Penitensya

Como en el romance de Calderón de la Barca, murallas de penitencia y cubiertos de sangre los hoyos, teatro sacramental y sermones perviven en la Pamagdarame, término con el que se conoce la flagelación en Pampanga.

Razones católicas llevan a franciscanos y jesuitas a adaptarla con facilidad a las costumbres locales cuando en el siglo XVII uniformaron creencias y tradiciones a rituales sangrientos para arraigar con mejores resultados el credo de la nueva religión. Penitensya y mortificación, los nuevos esclavos de Cristo, los magdarame, devotos flagelantes.

Series de finas bobinas de bambú, alisadas, agrupadas en haces y ensartadas a un cordel de algodón o abacá, forman el flagelo típico del lugar, conocido en la región con el nombre de burilyos.

Al golpear las espaldas una vez tras otra, teñidas en antiséptico y sangre, cantan con sonidos secos, como pedaleras de órganos viejos, y sirven para que los flagelantes consuman su penitencia y mortifiquen a pie descalzo y en grupo, hasta reunirse más de trescientos seguidores para la ocasión, solo varones jóvenes.

Asimismo van provistos de capuchas, que ayudan a preservar el anonimato, a modo de máscaras de redención, aparte de permitir de ese modo focalizar todo el ritual y las miradas en el acto mismo de la flagelación.

A esas máscaras llaman kapirosas —no es necesario insistir aquí en el parentesco español con capirote—. Hoy en día más que capirotes son bandanas o pañoletas anudadas por la frente o al cogote.

Los penitentes, antes de salir a disciplinar, han protegido con antiséptico, como va dicho, la piel de infecciones, y después ya se pican o rayan las espaldas para evitar así la coagulación. También se atan fuertemente con cordeles anudados sus muslos y piernas para retener la circulación sanguínea.

Traen por fuerza a la memoria a los disciplinantes de La Rioja, «los picaos», que descubrieron Regoyos y Verhaeren en su España negramoralmente negra aclara a los lectores Regoyos en la introducción—, aunque estos se pican después de azotarse.

Sus pastillas de cera virgen (rodezuelas) con seis cristales incrustados de dos en dos son un artilugio comparable en el uso a las panabad filipinas, piezas de madera que recuerdan por su diseño las viejas cardas textiles de mano.

Las panabad, guarnecidas asimismo de puntas de vidrios rotos, se pasan por la espalda para rayarla con incisiones y prevenir de ese modo los moretones que salen después de flagelarse continuadamente.

Durante el camino, del Martes Santo al Viernes Santo, irán rociándose con agua al tiempo que hacen paradas o estaciones de penitencia y se cantan pabasa, textos litúrgicos salmodiados.

flagelación y pasión en pampanga

Mientras, los crucificados lucen curiosas e indoloras coronas de makabuhay, trenzadas de tallos de una exuberante enredadera del mismo nombre con propiedades medicinales y abortivas (pamparegla), habitual de los bosques filipinos y mercados en Manila, como el de Quiapo de frente a la parroquia del Nazareno Negro. (Nada que ver con la corona de alambre de espino que muestra un video viral de National Geograhic lanzado en 2013).

Después de alcanzar la cima polvorienta de una colina artificial convertida en Gólgota por un día, los disciplinantes que se han encaminado hasta ese punto y han precedido a los que van a ser crucificados, reciben los azotes de gloria y allí se desprenden de las pañoletas con las que celaron su identidad y las coronas, estas hechas de hojas de palma despuntadas, para apilarlas en el supedáneo de la cruz una a una.

escena de la pasión en pampanga

Acto seguido comienza el cambio de escenario para la preparación de las crucifixiones, los reos protagonistas son los únicos que llevan cruces a cuestas y descalzos, acompañados por sus familias. Se abaten las cruces para ir disponiendo a los crucificados, convenientemente sujetos al travesaño y el poste vertical, y a continuación martillo en mano los clavan, con dispares reacciones pero parecidos gestos de dolor (algunos van microfonados y sus gemidos se confunden con la megafonía y música ambiental), para luego suspenderlos por espacio de unos cuatro o cinco minutos hasta su desenclavo y descendimiento.

El Kristo Kapampango

Ruben Enaje, el Kristo Kapampango (el Cristo de Pampanga), en el papel de vir dolorum —y algo también de Rex Philippinarum—, casi una estampa rescatada de una remota iconografía católica medieval, es tan famoso en Filipinas y fuera como Whang Od Oggay, la singular y longeva tatuadora tradicional del pueblo de Buscalan, dueña de los más genuinos diseños étnicos batok precoloniales.

En 2019 (todas las imágenes de esta entrada del blog corresponden a esa fecha), después de treinta y tres alegóricos años crucificándose ininterrumpidamente y volver, anunció que dejaría de hacerlo en un futuro, a las puertas de la jubilación con sesenta años: Mabuhay! (larga vida en tagalo).

Entre tanto, la dramatización de su fe no solo le proporcionó fama, que también, sino que, y sobre todo, más allá de un prestigio popular, le ha ido reportando estabilidad en el difícil empleo entre filipinos como hombre de convicciones firmes y absoluta confianza desde que empezase a trabajar en el mundo de la construcción y saliese milagrosamente ileso de un accidente laboral grave. Ahí empezó todo, así lo cuenta él mismo, desenvuelto con los medios de comunicación.

En aquella definitiva Semana Santa para Enaje, subieron al madero para clavarse en él otros tres filipinos más (Edison Francisco, Angelito Las Pinas y Ronald Aquino) y una joven mujer, May Jane Sazon, empleada de un salón de belleza de la vecina localidad de Santa Lucía, ya veterana después de haberlo repetido con anterioridad en más de una docena de ocasiones, en calidad de kristo mujer de Pampanga.  

Descedimiento de Enaje en la Pasión de Pampanga
Desenclavo y descendimiento de Ruben Enaje,
llamado el Cristo de Pampanga.

Clavos de acero de unos de diez centímetros, esterilizados tratando de evitar cualquier infección en ese polvazal de colina, el escenario principal de la Pasión en Pampanga, se empapan en alcohol.

Enaje lleva los suyos propios, convertidos ya casi en toda una reliquia. Y a martillazos certeros taladran las ternillas de los dedos principales de los pies y en el centro de las palmas de las manos evitando nervios, huesos y tendones. Ambulancias y personal de primeros auxilios esperan al pie del promontorio para transportarlos en camilla y curarlos las heridas rápidamente. Y a cualquier espectador también si llega el caso.

El propio Enaje ha comentando en más de una entrevista, en alarde de devoción y sufrimiento, que las operaciones para suspender y desenclavar de la cruz pueden acarrear más trastornos que las heridas de claveteado ritual. Solo una sensación inmensa de inmovilización ocurre cuando quedas clavado en lo alto, afirma.

La mujer kristo de la Pasión en Pampanga

Domingo de Resurrección con Salubong

La capital de Manila, a lo largo de toda la Semana Santa en el entorno de la parroquia de Quiapo, que venera al Nazareno Negro, ha reunido a todas las vendedoras de sampaguita a las puertas del templo para ofrecer el jazmín filipino, la flor nacional —aunque originaria de los valles del sur del Himalaya—, de un característico aroma dulzón, el preferido para adornar altares y hacer guirnaldas.

Como la Pasión en Pampanga con el Salubong (encuentro) del Resucitado y la Dolorosa, la Semana Santa cierra sus celebraciones a partir de ese instante en todo el archipiélago.

Es el momento también para comer y compartir guinatán​​, suerte de sopa tibia de postre dulce a base de arroz y leche de coco, en sus múltiples variedades, similar a las gachas españolas, y suman con azúcar, pastelito elaborado con esos mismos ingredientes, hervido o al vapor en hojas de plátano, provisto de un envoltorio primoroso de hojas de palma burí. El arroz tampoco puede faltar en Semana Santa. region

Pasión de Elmer Barlogan

Detalle de una obra de Elmer Borlongan en el Museo Metropolitano de Manila.

22 comentarios

    1. Sarap po ng guinatan. With a smooth corn flavor, it’s true. It reminded me of Spanish porridge called «gachas».
      We share many things Pinoys and Spaniards.
      Thanks for comment.

  1. These religious activities in the Phils has totally become part of the cultural and traditional norm during the Holy Week since then. Others may frown about it but it just shows how loyal, colorful, and devoted Filipinos are. Trully one of the wonderful and informative events you shouldn’t miss when you visit Philippines.

  2. These has been totally part of the traditional norm in the Phils during Holy Week since then. Trully one of the wonderful and informative events in the history as well as in the Filipino culture that you shouldnt miss when you visit Philippines!

  3. It’s very interesting how the people from Pampanga try to re-enact what happened but in their own interpretation. In the very end, it’s all about celebrating in a very extreme way what was known as a solemn and quiet tradition. Great read! And it was so hot that day too.

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