Manila, sí quiero.

Lejos del teatro bélico, la ciudad de Manila se vio soportando como colonia que era de los Estados Unidos a esa fecha, al cabo de la Segunda Guerra Mundial, la furia implacable de unos japoneses desatados y asolando a conciencia el sureste asiático. La perla de Oriente, aún se la conocía así entonces, el corazón de Manila, Intramuros, cayó derruido, el plano entero, piedra a piedra, devastado a golpes con la brutalidad del peor de los terremotos. Pero, reconstruida en gran parte, borradas ya las cicatrices gracias al paso del tiempo, no puede dejar de recordar aun hoy el pasado colonial de la vieja España, sobre las trazas imborrables del mismo arquitecto que levantó El Escorial y que la pensó entre los primeros.

«Manila, quizá caótica, facilita el camino para descubrir Pampanga e Ilocos».

Los turistas que entran en Filipinas —un archipiélago con más de siete mil islas aunque habitables aproximadamente solo alrededor de la décima parte nada menos— prescinden de Manila, de la isla de Luzón en general, salvo por los necesarios tiempos de enlace a otros puntos de destino con vistas y playa.

Desde el foso de Intramuros, vista del perfil urbano de Manila con sus rascacielos y el típico guardia del recinto con traje colonial en pose de fotógrafo.

Quizá la caótica red de transporte local, incluso para sus propios vecinos, la densidad y ruidosa atmósfera de sus principales vías junto a la presión de la Gran Manila lleguen a incomodar, pero el trato cercano de los manileños, su increíble y diversa oferta de restaurantes, con una cocina sabrosa, exquisita incluso, añadido a ese atractivo en que memoria, tradiciones, sobresaltos y modernidad conviven, aparte de inesperadas citas, si consigues hacerte con veladas de boxeo o peleas de gallos [sabong], sorprenderían a muchos de aquellos, en el caso de que, reservadas, más o menos reservadas puestas de sol no les resultasen suficientemente saciables.

Pampanga e Ilocos y su asombrosa miniatura colonial, la villa de Vigan, auténtico patrimonio de la humanidad. El corazón de Manila, Intramuros, rutinariamente administrativo, eclesiástico y universitario a diario, se convierte en festivo los fines de semana y durante las marcadas festividades del calendario católico.

La ceremonia de los kasal

Aparte de la catedral, frente por frente al fuerte, destartalado, está la iglesia y convento de los todopoderosos agustinos, guardianes de los restos del fundador de la ciudad en su presbiterio, el adelantado López de Legazpi.

Al costado de la calle del General Luna, en la plaza abierta a compás delante para despejar la fachada conventual, en la fila de los carricoches de los sorbeteros —así es como siguen llamándose en lengua filipina—, apostados cerca de las puertas del templo, aparcan también, no se sabe muy bien cómo, las interminables limusinas blancas de las que bajarán las filipinas para sellar bodas y banquetes.

La ceremonia de los casamientos —los kasal, en tagalo— no guarda significativas diferencias con las ceremonias católicas acá. Los pronósticos de lluvia para una boda filipina son señal, eso sí, de feliz matrimonio; compaginados auspiciosa y sobradamente a favor de los elementos en los trópicos siempre.

Inclemencias aparte, aunque haya múltiples padrinos, no solo uno como ocurre a este lado, la figura de la madrina acapara, con la novia, todo el protagonismo previo al rito igual que acá: dispone, dirige, ordena, manda dentro del templo si llega el caso; un gesto basta.

Pero el velo, el ramo de flores entre las manos, la cola del vestido y los zapatos blancos resplandecientes de la novia concentran las miradas una a una como no puede ser de otra forma.

Luego, lo mismo que acá también, los invitados aguardan dentro ordenados entre los bancos, girados mirando para ver cómo alcanzan los contrayentes los pies del retablo principal, porque es el novio el que espera a mitad larga del pasillo para agarrar del brazo a la novia que ha entrado radiante y sola, protagonista única, y así llegar juntos hasta la mesa del altar y comenzar. (Los padrinos, hasta seis ninongs, hacen bulto pero no se los identifica con facilidad).

La escena del novio y los invitados luciendo el barong tagalog ha dejado de ser tan frecuente como ocurría no hace demasiado.

Esta camisa, impuesta como atuendo identitario (barong no procede de varón contra lo que pueda leerse con alguna frecuencia sino de baro, que en tagalo significa traje) ha pasado por numerosas modas.

Aquellos primeros baro de época barroca colonial evolucionaron hasta los camisa fuera que hoy podríamos identificar, desprovista o no de pechera y puños, con las guayaberas caribeñas o, como llaman también, chabacanas.

No obstante, curiosamente, la novia se ha desprendido antes de los vestidos típicos nacionales para escoger los de eco occidental, con velo en todo caso, velo y velas, bien al contrario de lo que suele ser habitual, que vistan por más tiempo al uso tradicional que los varones.

En cualquier caso, para el banquete de bodas es una cuestión menor, aun con una población filipina mayoritariamente católica, el aviso del evangelio de Lucas de cómo deben asistir los invitados, nutrido grupo dispuesto a atacar un sabroso y tradicional festín✑.

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