Mahashivaratri

A veintiOCHO grados de latitud norte, ayer fue Mahashivaratri en Katmandú —en Katmandú y en todo el orbe hinduista—, la mayor fiesta en honor del dios Siva, que en la capital de Nepal se celebra en el templo de Pasupatiná, a unos cinco kilómetros del centro.

Yo iba provisto, como todos los días que ando por allí, de la carta de presentación renovada en el Ministerio de Turismo de Nepal (NTB), y que es casi como el salvoconducto que Kublai le entregó a Marco Polo para moverse por el territorio mongol, pero también y sobre todo en compañía de mi amigo nepalí Anjan.

El joven shadu que con una pluma de pavo real limpiaba el alma de los fieles al salir del templo de Siva pasándosela por encima de la cabeza.

Esta vez estaba decido a entrar en el templo. En visitas anteriores al recinto había visto cómo sijs accedían sin problemas aun cuando un cartel aclara con letras de molde y tamaño que solo individuos de religión hinduista están autorizados.

Superamos seis o siete controles antes de avistar la puerta principal del templo, después de más de una hora. Fueron todo tipo de controles (fuerzas armadas, policía local y boy scouts), aparte de las kilométricas colas. Y todos los superamos, uno a uno, hasta verme descálzandome, de nuevo, ahora delante de la puerta lateral de la fachada de entrada al recinto sagrado, porque la principal en ese día y a la hora en que la habíamos alcanzado, sobre las nueve y media, era ya solo de salida.

Estaba a punto de cruzar el umbral del espacio sagrado reservado para los hinduistas. Y tuve que hacerlo solo porque a Anjan lo separaron de mi lado en los controles finales. En un primer momento pensé en esperar para hacerlo juntos pero vi que se retrasaba y di el paso adelante. Luego entraría detrás de mí.

La sensación tras pasar un primer corredor en fila india fue como la de acceder a los estudios de una superproducción de Cecil B. DeMille. Mucha gente, humaradas intensas, olor a incienso y pachulí (el pachulí lo llevaban los más coquetos, no era ritual), y el sonido de unos chinchines que llegaba a taladrar los oídos e hipnotizar, lo envolvían todo.

A tres palmos del gran y dotado trasero de Nandi, que custodia la puerta de levante, la principal, y no me lo creía. Quizá debí moverme en círculo como el resto de los fieles, pero estaba algo confuso, y empecé a caminar en diagonal hacia la entrada misma del templo en lugar de rodearlo. Pude distinguir algunos templos menores en el gran patio, uno diría que de la diosa Kali, pero como atraído por la fuerza creadora de Shiva estaba dispuesto a verme con él directamente y no reparé en nada más.

Cuando, de repente, una mujer policía me echó el alto y me dijo que dónde iba, que fuera inmediatamente del templo. Traté de explicarme y de enseñarle la carta de investigador, pero no hubo manera. Iba levantando la voz a la vez que empujándome hacia la salida. Tuve que decirle que no era necesario insistir, que no iba a porfiar desde luego. Nadie alrededor nuestro se inmutó lo más mínimo ni yo tampoco tuve sensación de agobio por la situación.

A la salida, una pequeña bronca en nepalí de la mujer policía con uno de los oficiales que me dio vía libre minutos atrás y ahí se quedó todo por ambas partes. Trataré de recoger aquellos minutos para una próxima entrada de blog sobre la gran fiesta de Mahashivaratri

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