Las joyas de Visnú

A veintiocho grados de latitud norte, en Budanilkantha, con el dios Visnú en frente, a falta de rutina, a este ritmo de telenovela, sigo teniendo la impresión de haber llegado hace menos de una semana a Nepal, cuando en realidad no queda nada ya para poner un pie en la escalerilla del avión con destino a Manila. Que Magallanes me proteja.

Las joyas de Visnú en Budanilkantha

A pie, con luz amanecida entraba por Budanilkantha, y ni el estanque rebosaba ni el agua era tan clara como yo supuse la víspera que ocurriría. Dos jóvenes novicios hinduistas, ahora de rojo, subidos encima de la gran estatua de Visnú, disponían el ajuar y afeites de forma tan precisa y cuidadosa como automática, sin pensar, mientras un repique de campanas de diferente frecuencia no dejaba de sonar en toda la plaza contribuyendo curiosamente a la concentración.

En todo ese inmenso instante, el templo estuvo cerrado. Todos estuvimos acodados sobre las barandillas que cercan el recinto observando o rezando mientras transcurría la ceremonia. Luego una gran cola comenzó a entrar a adorar y hacer ofrendas, tan grande que desistí de acercarme. Entretanto, a un palmo, el resto de los novicios recitaba de memoria en sánscrito algunos mantras en un templetillo anexo

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