Después de Katmandú: el rito de las cremaciones.

Hasta la margen derecha del río Bagmati, a un tiro vista del aeropuerto de Katmandú, bajan los muros del gran templo dorado de Pasupatiná, dedicado al todopoderoso dios Siva, protector de Nepal. Por ese mismo costado, sobre la suave pizarra verdosa de las escalinatas [ghat], por donde el sol se ejercita, corre y entra el primero cada mañana, desfilan el mundo y los muertos.

El ritual hinduista de las cremaciones al aire libre [antyeshti] apremia a las familias a celebrarlo con urgencia desde la víspera, en una ceremonia pública cargada de la máxima sensibilidad, provista por los sacerdotes brahmins del mismo recinto [ghate bahun].

El status económico, el grupo étnico y la casta distinguen aquí también los funerales. Pero eso no cambia que la crudeza del gesto y las manos con las que un nepalí es capaz de segar de un tajo el pescuezo a una cabra para ofrecer su sangre a la diosa Daksinkali se vuelva de una profunda fragilidad al acompañar a sus muertos. Solo el grado de emotividad con el que se conduce en las horas fúnebres, sin que haya posible comparación, hace que a ojos de un europeo lo que en principio podría revelarse de una frialdad insuperable llegue a contemplarse con pasmosa cercanía e incluso extraño afecto.

«Los elementos se descomponen, todo se descompone y vuelve a ordenar; no queda tan lejos Heráclito».

Los elementos se descomponen, todo se descompone y vuelve a ordenar; no queda tan lejos Heráclito. Es el mismo universo y el mismo filósofo que aseguró que no lo hizo ninguno de los dioses ni de los hombres, que ha sido eternamente y es y será un fuego eternamente viviente, que se enciende y apaga según medidas. Aunque, eso sí, a las llamas en la cremación del mítico héroe Aquiles se acercara vino en lugar de agua para sofocarla.

La turbia masacre ocurrida en 2001 en el palacio Narayanhity, residencia oficial de la familia real nepalí, que junto al regicidio perpetrado por el primogénito se llevó por delante a nueve familiares más, enterraría la dinastía Shah y desembocaría al poco en la abolición de la monarquía y la proclamación en 2005 de la actual república con aspiraciones demócraticas.

Hasta entonces, el templo de Pasupatiná había sido testigo inmemorial de las exequias de la realeza y corte, reservándose los ghat en este tramo aludido del río para su exclusivo uso funerario, pero en adelante se concentrará aquí lo que históricamente había transcurrido por múltiples lugares diseminados de la amplia red de brazos de agua que fluyen por la capital.

En Pasupatiná, separados por un puente, se extienden dos tramos de ghats, uno más corto y relevante, la llamada escalinata de los nobles [aryaghat], que cae justo debajo de la puerta oriental del templo, con solamente dos plataformas donde celebrar las cremaciones, y la del sol [suryaghat], más extensa y utilizada en la actualidad por el grueso de la población. 

Por turnos, sin descanso, noche y día, la muerte recorre la hilera de ghats que cortan en la base del templo el agua sagrada del más sagrado de los ochos ríos que cruzan el viejo Katmandú y acaban confundiéndose con el caudal vivo del Ganges tierras abajo. En ese mismo punto, hasta allí llegan los katmanduneses amortajados para su cremación.

Fuera de las puertas de la urbe, en una atmosfera espesa y fina que lo cubre todo, cada uno de ellos va entrando a paso lento en angarillas conducido por los hombres de su familia al lugar en que será purificado y despedido.

El tiempo del duelo comienza a volverse pesado y lentifica, se da principio al ritual funerario necesario previo a la cremación, el momento más íntimo, el de un largo adiós. 

«La muerte recorre la hilera de ghats noche y día».

Se coge entonces al difunto con delicadeza y posa en el suelo para que entre en contacto con la tierra a la espera de acercarlo y apoyarlo en una losa inclinada [brahmanal], dispuesta en la misma escalinata a tal efecto, donde permanecerá suspendido cuidadosamente para facilitar su purificación. Rostro y extremidades quedan al descubierto libres para ser rociados con leche y con agua atrapada entre las manos desde la misma superficie del río. Familiares y amigos presentarán sus respetos al muerto inclinando la cabeza con las palmas de las manos abiertas, unidas y recogidas al pecho hasta dar con la frente como un resorte en las puntas desplomadas de los pies del fallecido.

El momento de las ofrendas

En esta preparación a la cremación, la más emotiva, transcurre el momento de las ofrendas: varillas de incienso, caléndulas frescas del color arrebatado del azafrán y un singular olor petricor a sangre detenida, bolas de arroz, del que enseguida participarán indiferentes las palomas del lugar, y polvo rojo que se esparce y con el que se cubre la frente del difunto.

De ahí, devuelto a las angarillas, se reajusta el sudario de nuevo, en ocasiones se superponen otros retales de colores e inscripciones, e incluso colocan ropas o bien del fallecido o de algún familiar sobre el torso, aun alimentos, y traslada a continuación en procesión precedido de agudos y auspiciosos soplidos de rituales caracolas [shankha], entre mantras, que resuenan sucesivamente durante el breve trayecto hasta la pira, marcando como un morse de ultratumba el saludo a los cuatro vientos y anunciando el paso de la muerte, purificando el aire y conjurando los orígenes de la creación misma.

En ese penetrante sonido está el todo, un rito persistente con la identificación de los elementos que recuerda, una vez más, los Fragmentos de Heráclito: la muerte de la tierra es convertirse en agua, la muerte del agua es convertirse en aire, la muerte del aire es convertirse en fuego, e inversamente.

«Durante el trayecto hasta la pira resuenan rituales caracolas como un morse de ultratumba anunciando el paso de la muerte».

Dos brahmins, en ocasiones tres o más, de algodón blanco mate, se han adelantado y dispuesto muy habilidosamente, con destreza repetida, el lecho de leños donde se acomodará el cadáver ceñido por un sudario inconsútil. Tres filas de leños proporcionados y contrapeados, en dos cuerpos cada una de ellas para dirigir mejor un fuego equilibrado a la cabeza y los pies, que por regla general quedan suspendidos y desnudos, arman la pira en que arderá todo envuelto, sin perder el nivel en ningún momento.

Instantes previos al inicio de la cremación.

Combustión y rito

Cubierta por haces de paja, convenientemente purificados con anterioridad sumergiéndolos de un golpe súbito en las aguas del río y puestos a escurrir en conos, la hoguera se alimenta con leña menuda y pequeños sacos de grasa animal [ghee] colocados entre las cámaras de aire del artilugio para avivar el fuego (el sándalo, por su elevado costo, es muy muy excepcionalmente empleado).

Un primer fogonazo prende y alcanza la cabeza y el pecho inertes, luego sigue veloz por el resto de la cama mortuoria despidiendo una llama de luz intensa que pronto se vuelve una columna firme de humo blancuzco ascendente, ahogada entre ruidos secos y rápidos de la primera crepitación.

La combustión y el rito se prolongarán durante horas, dependiendo del estado y naturaleza del cadáver, de tres por término medio a más de cinco en algunos casos, asistida por los mismos brahmins, que recorren las escalinatas con natural elegancia, ahora pertrechados con pértigas de bambú [ban baa] para cuidar de las brasas vivas hasta verlas consumir y acabar.

Aunque a veces haya restos de leños que terminan barridos y derechos al cauce, la pira queda reducida a un pequeño montón de cenizas, baldeado a continuación con cubos de agua arrancada a la orilla entre nubes de vapor sereno y lento producto del intenso calor que ha absorbido la plataforma al cabo de todo ese tiempo y que en sucesivas vaharadas borra completamente —y aun purifica si hay fe— las señales de la muerte y todo su ceremonial, hasta el próximo duelo, que aguarda al borde de la escalinata, sin fin. 

«La combustión y el rito se prolongarán durante horas, dependiendo del estado y naturaleza del cadáver, de tres a cinco horas en ocasiones».

Antes de dejarlo sobre el lecho que le espera, al muerto se le dan tres vueltas en el sentido de las agujas del reloj, representación del camino del eterno retorno y la perfección. Seguidamente da comienzo la cremación misma mientras la familia aguarda, repartida por sexos, en un segundo plano, salvo el primogénito o el familiar más directo, que prenderá la llama. Según pude comprobar después de semanas no es habitual que permanezcan hasta el final, hasta el barrido completo del ghat.

En el centro, miembros de la casta brahmin celebran honras después de la cremación, en el barrio de Manamaijú. A la derecha, dos chavales tratan de pescar monedas y otras ofrendas en metal con viejos imanes a los pies mismos de la pira durante la cremación.

En un punto en que la cremación ha devorado el cuerpo y la leña, los varones se lavan la cabeza y el cuello con el agua que mana de los surtidores a ambos lados del arranque del puente de piedra que salva las orillas del Bagmati y se rapan a continuación la cabeza a cuchilla, o dejan una coleta fina [tupi], o cortan al cero, aunque no siempre ocurre este cierre ritual con afeitado.

Los miembros de la casta brahmi se acercan después al borde del Bagmati para una ablución sincronizada y el primogénito, que ha recogido un puñado de la ceniza y envuelto en un trozo de tela, entra en el río y lo hunde hasta el álveo.

Salvo durante los días de fiesta en Sivaratri, la mayor celebración anual en honor de Siva, con gran afluencia de shadus, porque Pasupatiná no es, en contra de lo que pueda leerse con frecuencia en blogs exprés, un lugar de concentración para ellos el resto del año, resulta harto improbable ver que se acerquen a recoger las cenizas y embadurnarse de ellas como sí ocurre en Benarés. 

El duelo se prolongará durante los diez días siguientes en un rito [sraddha], no solo de corte religioso sino también social, que los familiares varones, considerados impuros, envueltos aún por ciertos tabúes, tienen que celebrar en honor del fallecido, para proporcionar un nuevo cuerpo espiritual al alma desnuda tras la cremación y así facilitar su tránsito a la siguiente vida✑.

Momento de la ablución final y previo al de enterrar las cenizas en el cauce del Bagmati.

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3 respuestas

  1. Los ritos funerarios nepalíes impactan a los Occidentales por el diferente concepto de la muerte según la religión o la cultura. A los Occidentales nos angustia la muerte, la soslayamos y nos cuesta afrontarla, mientras que para los hinduistas es un tránsito a un nuevo renacer, han tenido una vida preexistente y tras la muerte se volverán a reencarnar, para los hinduistas la muerte no es el final, sino el principio de una vida nueva. Enhorabuena por este interesante post, ilustrado por unas bellas fotos. Gracias por compartirlo, viajar permite comparar y ver las diferencias entre los usos y costumbres, mentalidades y procederes en el resto de culturas y religiones, pueblos y poblaciones, nos abre nuevas perspectivas y nos hace más empáticos. Este blog nos transporta a Nepal como si de un viaje virtual se tratara, abriendo nuestros ojos a otra cultura completamente diferente. Enhorabuena y, como se dice en el argot artístico, le deseo «mucha mierda».

    1. Muchas gracias por dejar tu comentario, el primero de la web, histórico :-))
      Nepal, como todo el Himalaya, es otro mundo para los occidentales, casi diría que obligatorio de ver y disfrutar.
      Mucha mierda (^v^)

      1. Buenas días, lo apunto en la agenda. Un viaje de contrastes, de apertura dé horizontes y de acercamiento a la cultura oriental, de la que también tenemos mucho que aprender. Un saludo.

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